¿Por qué evitamos conversaciones difíciles aunque sabemos que son necesarias?
Hay conversaciones que sabemos que tenemos que tener.
Una conversación con un compañero de trabajo. Una devolución que venimos postergando. Un límite que necesitamos marcar. Algo que nos molestó y todavía no pudimos decir. Una diferencia que crece en silencio mientras intentamos actuar como si no pasara nada.
Lo curioso es que muchas veces sabemos exactamente qué deberíamos hacer.
“Tengo que hablarlo.”
Pero no lo hacemos.
Esperamos un momento mejor. Pensamos cómo decirlo. Imaginamos diferentes respuestas. Decidimos dejarlo para mañana. Después para la semana siguiente. Y mientras tanto, aquello que necesitábamos conversar sigue ocupando espacio en nuestra cabeza.
¿Por qué evitamos una conversación cuando sabemos que puede ser necesaria?
Conversaciones díficiles: el problema no siempre es no saber qué decir
Una conversación difícil no es difícil solamente por el tema que vamos a abordar.
También lo es por todo aquello que imaginamos que puede suceder después.
¿Qué pasa si se enoja?
¿Y si se siente herido?
¿Y si piensa mal de mí?
¿Y si la relación cambia?
¿Y si no logro explicarme?
¿Y si terminamos discutiendo?
Las conversaciones que involucran desacuerdos, límites, críticas o emociones suelen activar preocupación y anticipación. La Asociación Americana de Psicología señala que algunas conversaciones no llegan siquiera a comenzar porque tememos la incomodidad o el rechazo.
Entonces aparece una paradoja:
evitar la conversación puede producir alivio en el corto plazo, pero no necesariamente resuelve aquello que originó el problema.
El alivio de postergar
Imaginemos una situación sencilla.
Un integrante de un equipo viene incumpliendo reiteradamente con una tarea. Su responsable lo sabe. También sabe que debería hablar con él.
Pero piensa:
“Quizás la próxima semana mejore.”
Después vuelve a suceder.
“Bueno, fue una excepción.”
Vuelve a ocurrir.
“Ahora no es un buen momento para hablarlo.”
Cada vez que decide postergar la conversación, probablemente experimenta cierto alivio: por ahora no hay discusión, no hay tensión y no hay que enfrentar una situación incómoda.
El problema es que el alivio puede reforzar la evitación.
La conversación no desaparece. Simplemente se desplaza hacia adelante.
Y mientras tanto, pueden aparecer otras consecuencias: frustración, resentimiento, interpretaciones, comentarios con terceros o una acumulación de situaciones pequeñas que finalmente hacen que la conversación sea todavía más difícil.
En el ámbito laboral, se ha señalado que algunos líderes evitan conversaciones incómodas, las retrasan o incluso incorporan a terceros para no afrontar directamente la situación.
A veces no evitamos el conflicto: evitamos lo que el conflicto podría significar
Esta diferencia es importante.
Quizás no tenemos miedo de hablar.
Tenemos miedo de lo que podría cambiar después de hablar.
Porque una conversación puede modificar una relación.
Decir “esto me molestó” puede hacer visible un problema que hasta ese momento permanecía implícito.
Decir “no puedo seguir haciendo esto” puede obligarnos a establecer un límite.
Decir “no estoy de acuerdo” puede mostrar que dos personas tienen necesidades o expectativas diferentes.
Por eso, algunas conversaciones difíciles ponen en juego algo más profundo que las palabras: nuestra necesidad de pertenecer, de ser aceptados y de preservar determinados vínculos.
La conversación deja de ser solamente:
“¿Qué quiero decir?”
Y pasa a ser:
“¿Qué puede pasar con nosotros si lo digo?”
El costo de las conversaciones que no tenemos
Evitar una conversación no siempre es una mala decisión.
Hay situaciones en las que esperar, elegir otro momento o incluso decidir que una conversación no vale la pena puede ser razonable. No toda incomodidad necesita convertirse en una confrontación.
Pero cuando una conversación necesaria se posterga indefinidamente, el problema puede transformarse.
Lo que comenzó como una diferencia puede convertirse en resentimiento.
Lo que era una molestia puede convertirse en enojo.
Lo que podía resolverse con una conversación puede terminar requiriendo una intervención mucho más grande.
La evitación también puede generar algo particularmente frecuente en los equipos: la conversación paralela.
No se habla con la persona involucrada, pero se habla sobre ella con otras personas.
“No sé qué le pasa.”
“Siempre hace lo mismo.”
“Ya me cansé.”
“Alguien debería decirle.”
La conversación importante ocurre en otro lugar.
Y la persona que debería participar de ella queda afuera.
Conversar no significa confrontar
Una de las dificultades está en pensar que solamente existen dos alternativas:
callarse o confrontar.
Pero existe una tercera posibilidad: conversar.
Una conversación difícil no necesita convertirse en una pelea.
Podemos plantear una diferencia sin atacar a la persona.
Podemos expresar una molestia sin convertirla en una acusación.
Podemos establecer un límite sin descalificar.
Podemos escuchar una explicación sin abandonar aquello que necesitamos plantear.
La clave está en cambiar el objetivo.
No se trata necesariamente de conseguir que el otro piense como nosotros.
Se trata de poner algo importante sobre la mesa para poder comprenderlo, procesarlo y, cuando sea posible, construir una alternativa.
La investigación sobre conversaciones también señala que hacer preguntas y demostrar que realmente estamos escuchando puede favorecer conversaciones de mayor calidad y conexión.
Antes de hablar, una pregunta puede cambiar la conversación
Antes de pensar:
“¿Cómo voy a hacer para que entienda?”
podemos preguntarnos:
“¿Qué necesito comprender?”
La diferencia parece pequeña, pero cambia nuestra posición.
Si entramos a una conversación buscando demostrar que tenemos razón, probablemente prestemos atención principalmente a aquello que confirma nuestra interpretación.
Si entramos buscando comprender qué está ocurriendo, aumentan las posibilidades de que aparezca información que todavía no teníamos.
Esto no significa renunciar a lo que pensamos.
Significa reconocer que nuestra interpretación de una situación no necesariamente contiene toda la situación.
Una conversación difícil también requiere preparación
Hablar de manera espontánea no siempre es la mejor alternativa.
Antes de una conversación importante puede ser útil preguntarnos:
¿Qué ocurrió concretamente?
¿Qué interpretación estoy haciendo de lo ocurrido?
¿Qué me está molestando realmente?
¿Qué necesito pedir o expresar?
¿Qué quiero que la otra persona comprenda?
¿Estoy intentando resolver algo o simplemente descargar mi enojo?
¿Estoy dispuesto a escuchar una perspectiva diferente?
¿Cuál sería un momento adecuado para hablar?
Estas preguntas pueden ayudarnos a separar hechos, interpretaciones, emociones y necesidades.
Y esa separación es fundamental.
Porque decir:
“Vos nunca te comprometés con nada”
no es lo mismo que decir:
“En las últimas tres reuniones no entregaste la parte que habíamos acordado y necesito entender qué está pasando.”
En el primer caso estamos describiendo a la persona.
En el segundo, estamos poniendo una situación concreta sobre la mesa.
El coraje no consiste en no sentir incomodidad
A veces pensamos que las personas que tienen buenas habilidades de comunicación son aquellas que nunca sienten miedo, nervios o incomodidad al hablar.
Probablemente no sea así.
La capacidad de tener conversaciones difíciles no consiste en eliminar la incomodidad.
Consiste, en parte, en poder actuar aun cuando la incomodidad está presente.
Eso requiere desarrollar recursos para escuchar, preguntar, expresar lo que necesitamos, regular nuestras reacciones y sostener una conversación cuando aparece el desacuerdo.
Porque una conversación difícil no se vuelve fácil simplemente porque aprendamos una frase correcta.
Se vuelve más abordable cuando desarrollamos la capacidad de permanecer presentes frente a aquello que preferiríamos evitar.
¿Qué conversación estás postergando?
Todos tenemos alguna.
Una conversación pendiente con un compañero.
Un límite que todavía no expresamos.
Una devolución que seguimos retrasando.
Un desacuerdo que intentamos minimizar.
O quizás una conversación con nosotros mismos sobre algo que sabemos que necesitamos cambiar.
La pregunta no es solamente:
“¿Por qué no estoy hablando?”
Tal vez una pregunta más interesante sea:
“¿Qué estoy intentando evitar al no hacerlo?”
A veces, descubrir la respuesta es el primer paso para poder tener esa conversación.
Porque hablar no garantiza que todo salga como esperamos.
Pero evitar indefinidamente tampoco garantiza que el problema desaparezca.
Y en muchas relaciones, equipos y procesos de liderazgo, lo que no se conversa también termina comunicando algo.






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