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Coaching de Equipos: cuando un equipo deja de decir lo que piensa

hace 6 días
7 min de lectura

Un equipo no empieza a tener problemas cuando aparecen los conflictos. Muchas veces, las dificultades comienzan bastante antes: cuando las personas dejan de decir lo que piensan.

Una reunión termina y todos parecen estar de acuerdo. Nadie plantea objeciones. Nadie hace preguntas. Nadie señala un problema.


Equipo de trabajo en una reunión, con integrantes que tienen pensamientos e ideas que no expresan, representados mediante burbujas de pensamiento y un candado.

A primera vista, podría parecer que todo funciona bien.

Pero unos días después, una tarea no se realiza, una decisión no se sostiene, aparecen conversaciones por fuera del equipo y alguien comenta: “Yo ya sabía que esto no iba a funcionar”.


¿Qué ocurrió?

En muchos casos, el problema no fue la decisión en sí misma. El problema fue que nadie se sintió en condiciones de poner sobre la mesa aquello que estaba viendo.

Por eso, una de las preguntas importantes para quienes trabajan con equipos no es solamente si las personas cumplen sus tareas, sino también:

¿Pueden decir lo que realmente piensan dentro del equipo?


El silencio también comunica

Cuando pensamos en comunicación dentro de un equipo, solemos prestar atención a aquello que las personas dicen.

Sin embargo, también resulta relevante observar aquello que dejan de decir.

Una persona puede participar de una reunión, asentir con la cabeza y responder “sí” sin estar realmente de acuerdo.

Puede aceptar una decisión y, al salir de la reunión, expresar sus dudas a un compañero.

Puede detectar un error y decidir no señalarlo.

Puede tener una propuesta y guardársela porque piensa que nadie la va a escuchar.

Puede estar en desacuerdo con una decisión del líder y elegir no plantearlo.

En todos estos casos existe comunicación, aunque no necesariamente sea explícita.

El silencio puede estar expresando miedo, resignación, desinterés, cansancio, falta de confianza o simplemente la percepción de que hablar no servirá para cambiar nada.

Por eso, un equipo silencioso no necesariamente es un equipo alineado.

A veces es un equipo que aprendió que resulta más sencillo callar.


Cuando el acuerdo aparente se convierte en un problema

Existe una diferencia importante entre estar de acuerdo y no expresar desacuerdo.

En un equipo saludable, una persona puede decir:

“Estoy de acuerdo con la decisión”.

Pero también debería poder decir:

“No estoy de acuerdo y quiero explicar por qué”.

Las dos posibilidades son necesarias.

Si solamente existe espacio para la primera, el equipo puede comenzar a confundir alineamiento con obediencia.

Imaginemos una reunión en la que se propone modificar la forma de trabajar.

El líder pregunta:

—¿Estamos todos de acuerdo?

Nadie responde.

—Bueno, entonces avanzamos.

La reunión termina.

Pero después aparecen comentarios:

“Esto no va a funcionar”.

“Yo había pensado otra cosa”.

“Era obvio que iba a generar problemas”.

El equipo tenía información que podía haber sido útil antes de tomar la decisión, pero esa información no llegó a la conversación.

El problema, entonces, no fue solamente la falta de comunicación.

Fue la falta de una conversación que permitiera poner las diferencias en común.


Cinco señales de que un equipo está dejando de hablar


Estudiá coaching de equipos

No siempre resulta sencillo detectar este fenómeno. Por eso es útil observar determinadas señales.

1. Todos parecen estar de acuerdo

Si absolutamente todas las decisiones reciben aprobación inmediata, puede parecer que el equipo funciona perfectamente.

Pero también puede ser una señal para detenerse y preguntar:

¿Realmente estamos de acuerdo o simplemente nadie quiere discutir?

Un equipo diverso debería producir perspectivas diferentes.

La ausencia permanente de desacuerdos no necesariamente indica cohesión. A veces indica que las diferencias no están siendo expresadas.

2. Los problemas aparecen después de las reuniones

Otra señal aparece cuando las conversaciones importantes ocurren fuera del espacio formal.

Durante la reunión:

“Sí, perfecto”.

Después de la reunión:

“Esto no tiene sentido”.

Cuando esto se convierte en una dinámica habitual, el equipo empieza a tener dos conversaciones: una pública y otra privada.

Y cuando la conversación privada se vuelve más importante que la conversación colectiva, la coordinación comienza a deteriorarse.

3. Las mismas personas hablan siempre

En algunos equipos, dos o tres integrantes participan constantemente mientras el resto permanece en silencio.

Esto no significa necesariamente que quienes hablan estén haciendo algo incorrecto.

La pregunta es otra:

¿El espacio está diseñado para que todas las personas puedan aportar?

Una reunión en la que solamente participan quienes tienen mayor autoridad, experiencia o seguridad puede estar desaprovechando información valiosa.

4. Los errores se esconden o se minimizan

Cuando existe miedo a ser juzgado, una persona puede intentar evitar que los demás conozcan sus errores.

Esto genera una consecuencia peligrosa:

el equipo pierde información sobre lo que está ocurriendo.

Y si el error no puede ser conversado, tampoco puede convertirse fácilmente en aprendizaje.

Un equipo que trabaja bien no es aquel en el que nadie se equivoca.

Es aquel en el que los errores pueden ser detectados, analizados y utilizados para mejorar.

5. Aparece el “me da lo mismo”

Esta señal puede ser más difícil de detectar.

La persona sigue asistiendo, cumple con lo indispensable y participa cuando se lo solicitan, pero deja de proponer, preguntar o involucrarse.

No necesariamente existe un conflicto visible.

Puede haber aparecido algo más silencioso:

desconexión.

Cuando alguien siente que su opinión no tiene lugar, puede dejar de ofrecerla.


¿Por qué las personas dejan de decir lo que piensan?

No existe una única explicación.

Una persona puede callar porque teme equivocarse.

Otra puede haber tenido experiencias anteriores en las que su opinión fue descalificada.

Otra puede pensar que el líder ya tomó la decisión y que su aporte no cambiará nada.

También puede existir miedo a generar conflicto, quedar expuesto frente al grupo o ser considerado poco comprometido.

Y en algunos casos el problema es todavía más simple: nadie preguntó realmente qué piensa esa persona.

Esto último es importante.

No alcanza con decir:

“Acá todos pueden opinar”.

Hay que generar condiciones concretas para que la opinión pueda aparecer.


El rol del líder: no alcanza con decir “pueden hablar”

Una de las responsabilidades del liderazgo consiste en crear las condiciones para que las conversaciones necesarias puedan ocurrir.

Preguntar:

“¿Alguien tiene alguna objeción?”

puede ser insuficiente.

Una persona que teme contradecir al líder probablemente no va a levantar la mano simplemente porque se lo pregunten.

Puede ser más efectivo preguntar:

“¿Qué problema podríamos encontrar con esta decisión?”

O:

“¿Qué estamos dejando afuera de esta propuesta?”

O incluso:

“Quiero escuchar primero a quienes todavía no participaron.”

Estas preguntas cambian la conversación.

Ya no se está buscando solamente aprobación.

Se está buscando información, perspectivas y posibles puntos ciegos.


El desacuerdo no es necesariamente un problema

En ocasiones se piensa que un equipo funciona bien cuando existe armonía permanente.

Pero un equipo sin desacuerdos puede estar perdiendo una parte importante de su capacidad para pensar.

El desacuerdo puede permitir:

  • detectar riesgos;

  • cuestionar supuestos;

  • encontrar alternativas;

  • anticipar problemas;

  • mejorar decisiones;

  • ampliar perspectivas.

El problema no es que existan diferencias.

El problema aparece cuando las diferencias no pueden ser conversadas de manera productiva.

Por eso, una competencia fundamental en los equipos no es evitar el conflicto, sino aprender a atravesarlo.


¿Qué puede aportar el Coaching de Equipos?

El Coaching de Equipos puede ayudar a observar cómo está funcionando la dinámica del grupo, qué conversaciones están siendo evitadas y qué patrones de comunicación están dificultando la coordinación.

No se trata simplemente de lograr que las personas hablen más. El objetivo es generar condiciones para que puedan expresar perspectivas diferentes, abordar desacuerdos, revisar formas de relacionarse y construir nuevas maneras de coordinar acciones.

A través de preguntas, dinámicas y espacios de reflexión, el equipo puede comenzar a observar aquello que muchas veces permanece implícito: qué conversaciones evita, cómo responde frente al desacuerdo, quiénes participan más, quiénes quedan en silencio y qué impacto tienen esas dinámicas sobre los resultados.

El propósito no es encontrar culpables, sino hacer visible la manera en que el equipo está funcionando para poder transformarla.


Algunas preguntas pueden abrir espacios interesantes:

¿Qué conversaciones estamos evitando?

¿Qué cosas pensamos pero no decimos?

¿Qué ocurre cuando alguien plantea una opinión diferente?

¿Quiénes tienen más espacio para hablar?

¿Quiénes participan menos y qué podría estar explicándolo?

¿Qué hacemos cuando aparece un error?

¿Podemos cuestionar una decisión sin que eso sea interpretado como falta de compromiso?

Estas preguntas no buscan encontrar culpables. Buscan hacer visible la dinámica del equipo.

Porque muchas veces las personas están tan acostumbradas a una determinada forma de trabajar que dejan de verla.


Una herramienta sencilla: la ronda de perspectivas

Una práctica que puede utilizarse en determinadas reuniones consiste en separar la decisión de la primera respuesta.

Por ejemplo, antes de cerrar una propuesta, cada integrante puede responder brevemente tres preguntas:

1. ¿Qué veo como positivo de esta decisión?

2. ¿Qué riesgo o dificultad veo?

3. ¿Qué modificaría antes de avanzar?

La consigna es que cada persona pueda responder sin ser interrumpida.

Después se abre la conversación.

El objetivo no es conseguir que todos piensen igual.

El objetivo es hacer circular información antes de tomar una decisión.

Incluso puede aparecer algo interesante: una persona plantea un riesgo que los demás no habían considerado.

En ese momento, el desacuerdo dejó de ser un obstáculo y se convirtió en información útil para el equipo.


Del “tener razón” al “pensar juntos”

Uno de los cambios más importantes que puede producirse en un equipo es pasar de una lógica de:

“¿Quién tiene razón?”

a una lógica de:

“¿Qué podemos aprender de las distintas perspectivas?”

Esto no significa que todas las opiniones tengan el mismo fundamento ni que toda decisión deba ser consensuada.

Significa que el equipo puede permitirse explorar antes de decidir.

Una persona puede equivocarse.

Otra puede tener información incompleta.

Otra puede detectar un riesgo.

Otra puede proponer una alternativa.

La conversación permite poner esos elementos en relación.

Y allí aparece una de las posibilidades más valiosas del trabajo en equipo:

pensar colectivamente mejor que individualmente.


Un equipo saludable no es un equipo sin conflictos

Los equipos están formados por personas diferentes.

Tienen experiencias, intereses, expectativas, conocimientos y formas de interpretar las situaciones que no siempre coinciden.

Pretender eliminar esas diferencias no necesariamente mejora el funcionamiento.

Lo importante es construir condiciones para poder trabajar con ellas.

Un equipo saludable puede decir:

“No estamos de acuerdo”.

Puede preguntar:

“¿Por qué lo ves de esa manera?”

Puede reconocer:

“No había pensado en ese aspecto”.

Puede admitir:

“Me equivoqué”.

Y también puede decidir:

“Escuchamos las distintas posiciones y finalmente vamos a avanzar con esta alternativa”.

Eso es diferente de buscar una armonía superficial.

Porque la verdadera cohesión no consiste en pensar todos igual, sino en poder pensar diferente sin dejar de trabajar juntos.


La pregunta que puede hacerse cualquier equipo

Tal vez una de las preguntas más simples para comenzar a observar esta dinámica sea:

¿Qué cosas estamos dejando de decir?

No hace falta esperar a que aparezca un conflicto grave.

Puede plantearse en una reunión, en una instancia de evaluación o dentro de un proceso de Coaching de Equipos.

Y la respuesta puede ser incómoda.

Pero justamente por eso puede ser valiosa.

Porque un equipo comienza a mejorar no solamente cuando encuentra mejores respuestas, sino también cuando se anima a formular las preguntas que antes evitaba.

¿Qué estamos viendo y no estamos diciendo?

¿Qué conversación necesitamos tener?

¿Qué podría cambiar si pudiéramos hablar de esto de otra manera?

En muchos equipos, el primer paso hacia una mejor coordinación no consiste en agregar una nueva herramienta.

Consiste en volver a abrir una conversación que había quedado cerrada.

Y quizás allí esté una de las tareas más importantes del Coaching de Equipos: ayudar a que aquello que permanece implícito pueda convertirse en una conversación posible.

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